Hola a todos:
Más de algún alumno me ha comentado si podía poner algo más en el blog sobre el magnicidio de Sarajevo (incluido algún lector). Lo que dejo aquí es un post literal de una web muy interesante. El artículo es muy ameno y relata perfectamente lo que pasó en esas horas fatídicas. Aquí os lo dejo (gracias a la web: http://www.lanacion.com.ar), las fotos están tomadas de la wikipedia.

Sarajevo amaneció engalanada ese domingo. Pero en una habitación modesta el estudiante de la octava clase del liceo local, Gavrilo Prinzip, de 20 años y oriundo de Grahov, Bosnia, alistaba su pistola Browning con balas explosivas mientras el obrero gráfico Cabinovich, oriundo de Trebinje, Herzegovina, acondicionaba bombas con vestigios de la fábrica de cañones serbios Kravujevac. Algunas ya estaban en «buenas manos» o en su destino. Se trataba de un verdadero complot.
Después del atentado se encontraron dos bombas con resortes debajo de la mesa donde debía almorzar el archiduque. Otra esperaba en la chimenea de la habitación que no alcanzó a usar la duquesa. Se supo que siete bombas más estaban en poder de una mujer compinchada con ellos. Arrestaron a seis compañeros de liceo del magnicida -anarquista confeso- y en su habitación hallaron cartas propias de una organización y abundante dinero. Un joven carpintero italiano -de apellido Alesandrino- arrestado recién llegado a Viena desde Patterson, Nueva Jersey, confesó a la policía austríaca que sabía del atentado que se preparaba en Sarajevo.
El día del crimen en la estación de Sarajevo las autoridades esperaban ansiosas. La multitud alborotaba el trayecto hasta el palacio municipal: sabían que los visitantes divulgaron que visitarían la leal Sarajevo. La ovación y vivas destinados a la caravana de automóviles no hacían presentir la tragedia. El obrero gráfico Cabinovich arrojó su bomba al paso del automóvil y el archiduque la rebotó con un brazo. Al caer explotó. El príncipe y su esposa salieron ilesos, pero varias esquirlas -que también averiaron la carrocería del automóvil- hirieron al conde Waldeck y al coronel Merizzi, además de a otros cuatro miembros del séquito.

El criminal fue apresado y el automóvil volvió a arrancar. Se asegura que la duquesa -que esperaba terminar bien el día de otro aniversario de su boda principesca- rogó al archiduque que suspendiera la visita al palacio municipal. La misma versión sostiene que fue el gobernador anfitrión, general Potiorek, quien dijo a Francisco Fernando: «Ya pasó todo peligro porque no hay más que un asesino en Sarajevo». Había dos.
El estudiante Prinzip, que logró escabullirse con otros complotados inmediatamente después del fracaso con la primera bomba, aguardaba en la calle Rodolfo la segunda oportunidad.
El archiduque, más confiado, había ordenado al chofer que condujera despacio porque quería observarlo todo. A ese paso resulta posible que haya visto al joven Gavrilo arrojar primero una bomba que no estalló. Eran las 11.30 cuando, inmediatamente -Browning en mano- disparó a corta distancia. Una bala cortó las dos carótidas del archiduque y otra dio en el pecho de la esposa: cayó sobre el marido (el general anfitrión creyó que se había desmayado). El criminal tuvo tiempo de contemplar serenamente su macabra obra hasta que lo apresaron y protegieron del seguro linchamiento.

Los moribundos también pudieron cruzar un último, dramático diálogo. «Viva usted para nuestros hijos», parece que le dijo Francisco Fernando a Sofía, creyendo que sobreviviría como para volver a ver a sus tres hijos. Cuando la bajaron, el archiduque se desplomó en el asiento, pálido el rostro, rígidos los enormes bigotes manchados por la boca sangrante (murió poco antes que ella).
Fuente: La Nación













(Príncipe de Wahlstatt, prusiano, Teniente General en 1806 y Mariscal de Campo en 1813. Fue uno de los dos únicos portadores de la Estrella de la Gran Cruz de la Cruz de Hierro. El otro fue Hindenburg, que veremos en la I Guerra Mundial, y quien cedió el poder a Hitler más adelante).


La derrota prusiana ha sido analizada por expertos desde los puntos de vista militar y político y ha dejado la puerta abierta a la especulación.
«Sin pedir explicaciones, el rey de Prusia se disculpa ante los invitados y obedece a aquel extraño personaje. Éste le arrastra por una escalera que les lleva al sótano. Allí, penetran en una sala con las paredes revestidas de paños negros, iluminada por antorchas fijadas sobre trípodes funerarios… una voz siniestra, de ultra-tumba, le paraliza y le hiela la sangre:

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